Entre gente, empujones, retrasos, plumas, tenis y un pato

Los tenis fueron colocados en mis patitas para evitar la aparición de ampollas. La correa tenía el pretexto de evitar un lamentable escape. El carrito con agua funcionaba como recipiente por si me daba sed en el camino. Así emprendí mi viaje por los caminos subterráneos de la CDMX.

Muchas personas me han nombrado Pato con tenis, pero mi nombre es Bruna y vivo con mi niño desde hace dos meses, nos hemos vuelto tan unidos que procuramos acompañarnos a todos lados y el metro no es la excepción.

Por ahora nadie nota mi presencia. Bajo las escaleras de acceso. Según entiendo la llegada de los usuarios y usuarias a penas va en aumento, por lo que en estos minutos puedo caminar tranquila sin el temor de un pisotón ¡Cuac! Espero que la prisa le permita a estas personas fijarse por donde caminan. Una vez dentro todo es nuevo ante mis ojos de pato, escucho un ruido raro y constante que hace a algunos correr, veo pasillos largos, escaleras (a veces eléctricas aunque no siempre funcionan), mapas y piernas, muchas piernas que caminan a diferentes velocidades.

Esperamos en una sala larga con un vacío en el medio los niños, su mamá y yo. De pronto siento una corriente acompañada de un gigante naranja, la gente se aglomera en las entradas a pesar de que el piso indica filas para el descenso y ascenso (aunque se que no se indica en todas las estaciones). Yo tengo miedo de que me pisen o tiren el agua de mi carrito.

A penas recorrimos la primera estación mi presencia ya daba de que hablar con las personas del vagón.

Fuimos viajando entre cada vez más gente conforme pasaban las estaciones. A veces nos tardábamos de más porque alguna persona se quedaba atorada en las puertas, entonces se escuchaba una voz que decía «permita el libre cierre de puertas». Pero los vagones se llenaban y con ello aumentaba la desesperación por llegar a cualquier otro lugar.

Los más cansados optaban por sentarse en el piso ante la falta de asientos, lo que entorpecía el tránsito por el vagón, sobre todo de aquellas personas que pasaban con bolsas enormes haciendo cantos peculiares sobre dulces, burbujas, plumas con figuras, corta uñas, martillos, discos, audífonos y todo lo que se les ocurriera.

Así como la gente me nota, toma fotos y se sorprende al verme, yo percibo con mi sentido de pato que se aglomeran en las puertas, no ocupan los espacios entre asientos, no se recorren ni dan permiso.

Personas van, personas vienen y por fin llega el momento de salir del tren, muchas veces logrado a empujones. Veo a la gente caminar hastiada. No creo que les importe mucho quien vaya a su lado, pero al toparse conmigo sacan una sonrisa, es como si se salieran de su realidad.

El Internet se volvió loco con mi presencia, descubro al llegar a casa. Una de las estaciones con un logo de pato es transformado para que parezca lucir unos bellos tenis como los míos. Parece que somos famosos en el metro ¡Cuac! Pero quizá tiene más que ver con romper, aunque sea un poco, la monotonía en esta ciudad tan avasalladora, tan llena de violencia en la que parece no pasan cosas mágicas a menudo.

Publicado por Brenda Raven

Estudiante de comunicación. Teatrera. Busco la belleza (combativa) del mundo y tengo alma de poetiza frustrada ¿Alguien dijo feminismo?

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