La rutina en la cuarentena

El despertar… a la fuerza.

Según yo, me despierto todos los días a las 7 am (ajá, sí), luego hago un poco de yoga para aliviar el entumecimiento de mi espalda, brazos y hombros debido a las cantidades industriales (y a veces innecesarias) de tarea que dejan algunos de los profesores con su pedagogía indiferente, y también por el trabajo freelancero que estoy emprendiendo.

Hay días en que sí me baño después del yoga y otros no. Depende, en realidad, de la hora en que me levante. Pero supongamos que diariamente lo hago y después visto unas bermudas y una playera que usaría normalmente y sentir que es un día normal. Ya saben, para taparle un ojo al macho, como quien dice. Después me preparo un café tibio y un plátano para comer más o menos saludable. Por fin entro a mis clases a través de Zoom.us.

Algunas sesiones son más interesantes que otras. Digo, al final todos improvisamos, profesores y alumnos por igual. Pero, eso sí, para que una clase sea menos insufrible de lo normal, todo depende de qué tan seguido gane la lucha contra el antojo irresistible de no dormir por las noches.

En fin, terminan mis clases en línea, al rededor del mediodía. Corro hambriento a la cocina a prepararme unos huevos estrellados con arroz, y una vez terminado mi almuerzo, ahora sí se torna más emocionante la cuarentena: ¡debo ir por las tortillas!

«¿Tortillas y qué más, jefa?»

Camino hacia la tortillería (en chanclas, obvio) y llama mi atención que esta vez mis vecinos decidieron medio respetar las medidas de prevención que nos repite hasta el cansancio nuestro salvador H. López-Gatell. Pues en otros días no las respetan para nada. Por lo general pocos son los que traen mascarilla y menor es el número de los que guardan su distancia al menos un metro del que está adelante en la fila.

Las mujeres de la tercera edad suelen ser más precavidas, por obvias razones. Hombres adultos, jóvenes y adolescentes dan una impresión de escepticismo al virus. Mi otra deducción (que no está para nada peleada con la primera) es que se sienten invencibles. Incluso ayer hubo fiesta nocturna cerca de mi casa. Así que seguramente así se perciben.

Por fin es mi turno en la fila, pongo mi servilleta de bordado café con azul sobre la mesa y pido $10 de tortillas. Los trabajadores de la tortillería traen sus cubrebocas y también una pequeña botella de gel antibacterial a disposición de todos. Envuelven mis tortillas y regreso a casa otro día más, sano y salvo: misión cumplida.

¡Sobreviví!… Ahora, más tarea.

Retomo los deberes (que es básicamente más tarea), paseo a mis mascotas una media hora, hago un poco de ejercicio con las rutinas del gran youtuber Fausto Murillo (buenísimas, por cierto); y vuelvo al escritorio muy a mi pesar.

Cabe decir que en realidad me cuesta mucho trabajo concentrarme durante el día. Podría apostar a que eso nos pasa a muchos de los universitarios actuales. A decir verdad, es en las noches donde todo se vuelve mágico y el día se torna completamente distinto.

Ya me quiero dormir… bueno, la verdad no

Cuando lo logro y mi disciplina puede más, ya estoy cerrando el oclayo a las 12 am, aproximadamente. Pero más seguido de lo que quisiera, me encuentro a las 2 am platicando por Whats App o videollamada con alguno o varios amigos. Es así como caigo rendido ante la seducción de la melancólica madrugada y pierdo la batalla.

Para ello, preparo una última taza de café sin cafeína. Prendo mi estéreo, conecto mi celular y reproduzco On the nature of Daylight, sinfonía de Max Richter para la cinta Disconnect (la cual no he visto aún).

Prendo mi pequeña lámpara de estudio que está encima de mi buró y reboto el destello contra la pared. Me recuesto en mi cama con la ventana abierta, las cobijas hechas una maraña a lado mío, la luz tenue, le doy un sorbo a mi taza de café y los mensajes de whats iluminan mi rostro.

Las conversaciones nocturnas van de rupturas amorosas, recuento de los daños sobre la vida en general, proyectos a futuro, ideas revolucionarias que podrían cambiar el mundo, confesiones amistosas y palabras de aliento.

Quiero decir que no necesito más luz para la cuarentena que la de mi lámpara a un costado de mi cama y la que alumbra nuestras reflexiones.

Chale, ya debería estar dormido

Cuando las conversaciones pasan su punto álgido en lo reflexivo-sentimental, al fin veo la hora: son las 3:57 de la mañana y siento algo de angustia, pues debo madrugar y debería de estar soñando con la vida vida exterior. Que estoy puebleando felizmente en Morelos o algo así… pero nel, apenas estoy por descansar y el encierro no termina.

Aún así, la satisfacción y la calma son mayores. Es en la madrugada cuando afloran las relaciones amistosas, sin juicios ni máscaras ni tapujos. Nos mostramos vulnerables, expresamos nuestro sentir respecto a la vida misma. Y, entre todos, nos apoyamos para levantarnos con muchas esperanzas el día siguiente.

Cierro mis ojos… o tal vez mis ojos se cierran, no estoy seguro. Ha terminado otro día más de confinamiento y solo queda soltarme a la calma del silencio profundo y disfrutarlo con todo mi ser porque, una vez que me despierte, hay que machetearle a los mares de tarea, las clases virtuales y al trabajo online.

Además, claro, de gozar de la incertidumbre del mañana en la medida de lo posible, en tanto que hoy es difícil saber si en el futuro experimentaré de nuevo los horrores y las maravillas que trae consigo el encierro.

Quizás, dentro de mucho tiempo, recordaré estos días con profunda nostalgia, incluso con cariño… Y seguramente hasta extrañaré el confinamiento, de alguna manera.

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